Yo nunca había entendido cuál es la ventaja de andar por la calle (inclúyanse transportes públicos varios) escuchando música con el IPod, o el celular con MP3, o el reproductor del susodicho formato, o (yendo hacia atrás) el discman, o (aún más atrás) el walkman. Sí la radio, sobre todo si hay algún partido muuuuy importante, o un discurso de Cristina (?). Lo digo porque siempre me pareció incómodo tener los auriculares colgando por ahí, por más que estén escondidos dentro de una campera y escapen desde el cuello sigue siendo molesto.
Hasta que uno descubre que en el sonidero* que hoy es la jungla urbana, uno nunca deja de pelear. Y entonces, si uno no quiere pasar esa hora que dura el trayecto Morón-Palermo en el 166 escuchando a un colega pasajero cuyo adminículo sonoro destila cumbia o reggaeton (y no sólo eso, sino que también le canta encima, convirtiendo la experiencia en desagradable y causal de homicidio), uno tiene que defenderse. Cavar una trinchera auditiva. Podrás joder a todos, pero no a mí. Entonces me encastro los headphones, y me sumerjo en mi propio mundo. Porque eso es mejor que sumergirse en el mundo del compañero de asiento.
Dígale audioguerrilla defensiva, si le place. O defensa propia. Siguiendo con esa analogía, la clásica imagen del negro del Bronx con un centro musical sobre sus hombros no es menos que un arma de destrucción masiva.
Jadecynaras
8 octubre, 2008
Epa muy bueno el blog. Estoy leyendo de a poco y hasta ahora me gustó.
Saludos
ivan repicio
15 octubre, 2008
un centro musical al hombro? con reproductor de longplay, cds y doble casetera, ¿¿no es mucho?? usted debe haber querido decir grabador, o Stereo, si lo hubiese querido yanquizar un touch mas.
me alegro le haya encontrado la vuelta a su celu con mp3 slider, un modelo tan poco original hoy por hoy, pero bueno, enjoy that music hetor!!